Una sesión premamá muy especial

Una sesión premamá muy especial

Cada uno de nuestros reportajes tiene su esencia, su interpretación personal. El factor común es que en todos ellos transcurre una historia humana. Nos gusta el amor, tan denostado en nuestros días por aparecer frecuentemente asociado a la cursilería, cuando es la emoción más necesaria que existe. El amor puede ser sencillo, sobrio incluso, y aun así transportar un mensaje muy poderoso. El mensaje de que estamos vivos y podemos elegir ser felices o desgraciados. Lo vemos en las sesiones de pareja, en los reportajes de boda y, como hoy, en una sesión premamá.

Una vida que está empezando, una vida dentro de otra vida, es uno de los acontecimientos más misteriosos y hermosos que se pueden fotografiar. Es una época muy especial para quienes tienen la suerte de esperar un bebé. Son momentos y sensaciones que nunca volverán. Y siendo sinceros, ni siquiera un reportaje fotográfico podrá conservarlos por completo, sobre todo para una madre, que lo siente con una intensidad y una belleza inigualables. Pero la fotografía puede capturar una parte esencial de la felicidad y el amor de esos días. De otra manera, esos instantes se depositan en nuestra memoria, que es caprichosa y débil, y se van transformando con el tiempo, en algunos casos desvaneciéndose poco a poco, hasta que sólo queda una palabra de toda aquella historia asombrosa.

Ayer fue el Día de la Madre, pero a nosotros nos parece un homenaje muy efímero para una persona tan importante, tan querible, tan especial como una madre. Así que, además del sorteo de la sesión premamá y la sesión de familia, hemos decidido honrar a las mamis del mundo todos los días de esta semana. Iremos colgando, en Facebook, Twitter y Pinterest, varias imágenes de un mismo reportaje cada día, con una dedicatoria. Así que seguidnos desde ya para no perderos ninguna.

Aquí tenéis el reportaje completo. Esperamos que os guste.

Una sesión premamá muy especial
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Dedicatorias

Ahora que ya hemos terminado de subir todas las fotos, vamos a copiar aquí las dedicatorias que hemos ido publicando estos días. Son todas poemas seleccionados de La Luna Nueva de Rabindranath Tagore. Es una composición lírica que nos gusta desde hace mucho tiempo por su ternura y su capacidad para emocionar.

El principio

«¿De dónde vine yo? ¿Dónde me encontraste?», pregunta el niño a su madre.

Ella llora y ríe al mismo tiempo, y estrechándolo contra su pecho le responde:

«Tú estabas escondido en mi corazón, amor mío, tú eras su deseo.

»Estabas en las muñecas de mi infancia; y cuando, cada mañana, yo modelaba con arcilla la imagen de mi dios, en verdad te hacía y deshacía a ti.

»Estabas en el altar junto a la divinidad de nuestro hogar; al adorara, a ti te adoraba.

»Has vivido en todas mis esperanzas, en todos mis amores, en toda mi vida y en la vida de mi madre.

»El Espíritu inmortal que preside nuestro hogar te ha albergado en su seno desde el principio de los tiempos.

»En mi adolescencia, cuando mi corazón abría sus pétalos, tú lo envolvías como un flotante perfume.

»Tu delicada suavidad aterciopelaba mis carnes juveniles, como el reflejo rosado que precede a la aurora.

»Tú, el predilecto del cielo; tú, que tienes por hermana gemela la prima luz del alba has sido traído por la corriente de la vida universal, que al fin te ha depositado sobre mi corazón.

»Mientras contemplo tu rostro, me siento sumergida en una ola de misterio: tú, que a todos perteneces, te has echo mío.

»Te estrecho contra mi corazón, temerosa de que escapes. ¿Qué magia ha entregado el tesoro del mundo a mis frágiles brazos?»

La flor de champa

Si por divertirme me convirtiera en una flor de champa… Si creciera allí arriba, en una rama de este árbol, y sacudido por el viento sintiera deseos de reír y bailara entre las hojas tiernas ¿me reconocerías, madrecita? Me llamarías:

-Niño, ¿dónde estás?

Y yo reiría en silencio sin moverme.

Entreabriría mis pétalos y te espiaría mientras trabajas.

Después de tu baño, con los cabellos todavía mojados, desparramados sobre tus hombros, cruzarías bajo la sombra del champa para ir al pequeño patio donde dices tus oraciones, y allí sentirías el aroma de la flor, pero no sabrías que sale de mí.

Después de la comida del mediodía, cuando te sentarías a la ventana a leer el Ramayana y la sombra del árbol caería sobre tus cabellos y tu regazo, yo proyectaría mi minúscula silueta de flor sobre la página del libro, exactamente en el lugar en que estuvieses leyendo.

Pero, ¿adivinarías tú que es la pequeña sombra de tu hijito? Al anochecer, cuando fueras al establo de las vacas con la lámpara encendida, yo me dejaría caer de pronto al suelo, y convertido otra vez en tu niño, te pediría que me contaras un cuento.

Y eso sería lo que nos diríamos:

-¿Dónde te has metido, pillín?

-Es un secreto, madre.

El hogar

Andaba yo solo por el camino que cruza los campos cuando, como un avaro, el sol poniente disimulaba la última brizna de su oro.

El día se hundía cada vez en una sombra más profunda, y la tierra, despojada de sus cosechas, se extendía silenciosa y desolada.

De pronto, una voz aguda se elevó en el aire, la voz de un chiquillo que, invisible, atravesó la densa oscuridad, dejando en la calma del atardecer el surco de su canción.

Su hogar se hallaba allá en el pueblo, al final del llano seco, después del cañaveral, escondido entre las sombras de los plátanos y las arecas, los cocoteros y los árboles del pan.

Interrumpí un momento mi solitario viaje, a la luz de las estrellas. Contemplé a mi alrededor el llano oscurecido, que abrigaba entre sus brazos los innumerables hogares donde, junto a las camas y las cunas, arden las lámparas vespertinas, donde velan los corazones de las madres, donde las vidas jóvenes rebosan una alegría tan confiada que ignora su propio valor en la totalidad del mundo.

La escuela de las flores

Cuando el cielo tempestuoso ruge sordamente y caen los chubascos de junio, el húmedo viento del este camina a través de los brezales para tocar la cornamusa entre los bambúes.

Entonces, innumerables flores se abren de súbito; nadie sabe de dónde han salido, y se las ve bailar locamente sobre la hierba.

Madre, estoy seguro de que las flores tienen una escuela bajo tierra.

Cuando hacen sus deberes las puertas se cierran, y si antes de que sea la hora quieren salir para jugar, el maestro las manda castigadas al rincón.

Tienen vacaciones cuando llega la época de las lluvias.

Las ramas entrechocan en el bosque y las hojas se estremecen con el viento furioso, las gigantescas nubes dan unas palmadas y las niñas-flores salen corriendo, con sus vestidos rosados, amarillos y blancos.

¿Sabes, madre? Las flores viven en el cielo, como las estrellas. ¿No te has fijado qué deseos tienen de llegar allá arriba? ¿Y sabes el por qué de tanta impaciencia? Yo sí, yo adivino hacia quién tienden sus brazos: las flores tienen, como yo, una madre.

El fin

Madre, ha llegado la hora de que me vaya. Me voy.

Cuando la oscuridad palidezca y dé paso al alba solitaria, cuando desde tu lecho tenderás los brazos hacia tu hijo, yo te diré: «El niño ya no está.» Me voy, madre.

Me convertiré en un leve soplo de aire y te acariciaré; cuando te bañes, seré las pequeñas ondas del agua y te cubriré incesantemente de besos.

Cuando, en las noches de tormenta, la lluvia susurrará sobre las hojas, oirás mis murmullos desde tu lecho, y de pronto, con el relámpago, mi risa cruzará tu ventana y estallará en tu estancia.

Si no puedes dormirte hasta muy tarde, pensando siempre en tu niño, te cantaré desde las estrellas: «Duerme, madre, duerme.»

Me deslizaré a lo largo de los rayos de la luna hasta llegar a tu cama, y me echaré sobre tu pecho mientras duermas.

Me convertiré en ensueño, y por la estrecha rendija de tus párpados descenderé hasta lo más profundo de tu reposo. Te despertarás sobresaltada y mientras mires a tu alrededor huiré en un momento, como una libélula.

En la gran fiesta de Puja, cuando los niños de los vecinos vengan a jugar en nuestro jardín, yo me convertiré en la música de las flautas y palpitaré en tu corazón durante todo el día.

Llegará mi tía, cargada de regalos, y te preguntará: «Hermana, ¿dónde está el niño?» Y tú, madre, le contestarás dulcemente: «Está en las niñas de mis ojos, está en mi cuerpo, está en mi alma.»

Mi canción

Como los brazos conmovidos del amor, hijo mío, la música de mi canción te envolverá.

Mi canto besará tu frente como una bendición.

Cuando estés solo, vendrá a tu lado y, dulcemente, repetirá su música en tu oído. Cuando estés entre la multitud, te mantendrá aislado en tu soledad.

Mi canción será una luz en tus pupilas y adentrará tu corazón hasta las fronteras de lo desconocido.

Será como la estrella fiel que brilla en lo alto, cuando la noche esconda tu camino.

Mi canción será una luz en tus pupilas y adentrará tu mirada hasta el secreto corazón de las cosas.

Y cuando mi voz enmudezca con la muerte, seguirás oyendo mi canción en tu corazón rebosante de vida.

 
 
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